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sábado, 4 de febrero de 2012
Verde engañoso
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sábado, 2 de enero de 2010
Hermano sol, hermana luna... ¡Hermano lobo! o la jardinería desde una perspectiva cristiana (parte IV)
El 31 de julio de 2009, inicié esta serie dedicada a la persona de San Francisco de Asís y a su peculiar amor por el medio ambiente. Cuando escribí la tercera parte, decidí terminarla en una cuarta parte, pero con la idea que fuera una síntesis de las precedentes. Esta tarea no me resultó fácil. Finalmente, hoy, tres meses después, pude concluir la cuarta y última parte. Aquí se las dejo. Y mis mejores deseos para este 2010:
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra: Esta es la primera parte del Credo de Los Apóstoles y fundamento de todo lo que sigue. Es la fe profesada por el “Pobrecito de Asís”, la misma fe profesada por tantos y tantos cristianos a los que me uno de corazón. Sí, un mismo Dios y Padre, que ha creado (de la nada) todo por Amor. Y como lo afirma el primer capítulo del Génesis: Dios todo lo hizo bien y, no sólo eso, sino que las bendijo (Cfr. Gen 1, 22). Muchos años después de mi racionalismo absoluto, en mi adolescencia, no deja de sorprenderme el orden de aparición, en
Hoy, que desesperados por la sistemática destrucción del medio ambiente y sus consecuencias, tendemos cada vez más, a una especie de deificación de la naturaleza, de la tierra o el medioambiente (es decir, convertir a la naturaleza, la tierra o el medioambiente, en dioses), es importante trascender la materialidad bio-física-química (la materialidad de las cosas creadas), para buscar el Rostro del Creador. De otro modo, nos vencerá la desesperanza o, peor aún, el odio hacia nuestra misma especie.
Sí, hermano sol, hermana luna, hermano lobo… Hermano hombre… E, incluso, Hermano Dios, en Cristo Jesús. Por eso dice San Agustín, refiriéndose al Misterio de
Alguna vez leí que Sir Francis Bacon dijo que el mayor error de Dios había sido crear al hombre (cita no confirmada). Esta frase, atribuida a Bacon, encaja perfectamente en el sentir de no pocos ecologistas. Sin embargo, aunque esto nos choque, el ser humano, realmente ha demostrado poseer la superioridad que Dios le concedió frente a la naturaleza; y, nos guste o no, la suerte de esta misma naturaleza está unida al arbitrio del hombre. Cuando leí esta frase, hace treinta o más años la aplaudí. Ahora, no puedo dejar de asombrarme, en el mejor de los sentidos, una y otra vez, de la llamada especie humana (a la que, además, felizmente, pertenezco).
En una de las cartas de San Pablo (Romanos 8, 22-23) aparecen unas palabras tan llenas de ecología, que sorprenden: “Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo”. Para ese entonces, la sistemática sobreexplotación de los recursos naturales de las costas del Mediterráneo, bajo el dominio de diversos pueblos, convertiría a esa zona, hasta nuestros días, en un área semidesértica, pobre, arrasada. Pero la creación, la naturaleza, el medioambiente, no ha dejado de gemir, de retorcerse de dolor, hasta nuestros días, y junto a ella, el ser humano, puesto que somos hermanos y participamos de la misma suerte. Pero hay más: Por qué esa destrucción, ese irrespeto, esa continua vejación para con su hermana, la naturaleza. San Pablo, nos da la coordenada: “La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió” (Rom 8, 20). Así es, la vanidad, la codicia, del ser humano, que no deja de intervenir en ella (la creación, la naturaleza) con la presunción orgullosa, vanidosa, de que sabe, conoce, o, simplemente, puede (técnicamente) hacerlo. Y como parte de esa naturaleza violada, mancillada, padece nuestro ser, nuestro cuerpo, nuestra vida y todo lo que deriva de ella: Familia, trabajo, relaciones interpersonales, las fuentes de la vida humana, entre otras. Casi nunca hablamos de la ecología del ser humano y, sin embargo, el ser humano tiene órdenes y ordenamientos que cumplir, tanto biológicos, físicos y químicos, como morales.
A pesar de todo esto, no hay ni puede haber cabida para la desesperanza, porque el mismo Padre y Dios, que nos creo, nos rescatará (ya lo ha hecho en su Hijo, que Nació de Santa María Virgen, Murió en
La redención de la naturaleza, de la creación, no es, ni puede ser, un hecho inmanente (es decir, de la misma naturaleza), puesto que ella obedece a un orden, que si bien se opera en su dinámica interna, ha sido dado por “Otro” (Dios). Y qué hay de su hermano, el ser humano (hombre y mujer). Difícilmente, superará su vanidad y, por tanto, su codicia y presunción de concebirse como el “absoluto”, hasta que no se reconozca como creado, como parte de la obra amorosa de Dios; es más, hasta que no comprenda que no hay nada en la creación que pueda llenar y satisfacer su ser entero. Nada, absolutamente nada, de lo que pueda poseer o dominar, podrá llenar su corazón y hacerle feliz definitivamente. Todo lo que existe (comida, bebida, bienes, su relacionarse con otras personas y realidades), no es más que un medio para alcanzar la vida eterna. En definitiva, sólo en Dios Creador, Padre y Amor eterno, el hombre (hombre y mujer) puede alcanzar la felicidad plena, imperecedera, auténtica, definitiva… Y eso, lo sabía y vivía San Francisco; y según esa verdad configuró su existencia y ya, en esta vida, se desnudó de la riqueza y el poder de su linaje paterno, para caminar con sencillez (sin consumir apenas nada del medioambiente, sin afán de dominio) al lado de su Maestro, Jesús de Nazareth.
Desde esta perspectiva, a mi entender, se fundamenta una efectiva, razonable y equilibrada, visión de la jardinería y la ecología, a la hora de administrar, respetar y valorar los maravillosos dones que Dios nos ha dado.
Sigue la secuencia de esta serie:
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sábado, 8 de agosto de 2009
Hermano sol, hermana luna... ¡Hermano lobo! o la jardinería desde una perspectiva cristiana (parte II)

En este primer artículo de agosto, continuamos con la serie Hermano sol, hermana luna... ¡Hermano lobo! o la jardinería desde una perspectiva cristiana. Antes de continuar, sin pretender despojar a este artículo de su carácter universal (puesto que está destinado a todo tipo de público), quiero, sin embargo, hacer una acotación: Está dirigido, de manera especial, a todos los lectores que se confiesan como católicos, como cristianos. La razón, es que cuando inicié esta serie, lo hice para esclarecer ciertos principios que, a mi entender, son muy importantes y, lamentablemente, no son tomados en cuenta, o se viven en medio de un sincretismo cada vez más marcado. Considero necesario, que los católicos, los cristianos (desde el siglo I, según testimonio de varios autores, católico y cristiano son dos términos que significan una misma realidad; por eso, se usaban indistintamente), miremos hacia nuestras raíces, para redescubrir verdades apasionantes y liberadoras.
En el área de la jardinería -que es lo que me ocupa- se ha impuesto, ya sea por esnobismo, o porque es una tendencia generalizada, o por una búsqueda de experiencias alternas a la propia fe revelada, o por gusto, o por superstición, o por el atractivo que, de unos años para acá, ejercen las prácticas con cierto carácter oriental en occidente (y escribo "cierto carácter oriental", porque, en definitiva, han sufrido una influencia mercantilista-occidental), un formato "mágico", espiritualista-materialista. Espiritualista-materialista, porque si bien se insiste en los efectos "espirituales" de ciertos ritos enmarcados en el ámbito de la jardinería, al final de cuentas, a estos mismos efectos, se les hace depender inexorablemente de la materia mineral o vegetal, o de la disposición de estas, sin que haya más razón que la voluntad humana. Es decir, no hay una causalidad basada en las propias leyes de la naturaleza (físicas, químicas y biológicas).
Hasta aquí la parte II.
Sigue la secuencia de esta serie:
viernes, 31 de julio de 2009
Hermano sol, hermana luna... ¡Hermano lobo! o la jardinería desde una perspectiva cristiana (parte I)
Hace unos pocos días, vi un documental en el que se mostraban los esfuerzos por reintroducir al lobo en diversas áreas de Estados Unidos y Europa. Debido a una cruel cacería, prácticamente, a mediados del siglo XX, había sido borrado totalmente de sus antiguos territorios naturales. En ese trabajo fílmico, se alentaba a conocer y a amar cada vez más a este lejendario animal. No puedo negar, que me impactó todo lo dicho y mostrado allí, y no pude dejar de recordar a aquel peculiar santo católico, que al contemplar la Creación de su Señor, elevó a la categoría de "hermanos", al sol, a la luna y al temido lobo. Nos referimos a San francisco de Asís. Es más, de buena pluma sabemos de un encuentro de San Francisco con el canis lupus, que transcurrió sin mayores problemas. Él, San Francisco, se manejó ante la bestia con dulzura y respeto -por ser criatura de Dios- y esta dejó de lado su ferocidad instintiva, para echarse a los pies del pobrecito de Asís. De este modo, Francisco reconcilia al lobo con la gente de un pequeño poblado. A partir de allí, ambos, lobo y pueblo (personas), interaccionarán sin mayores dificultades (la historia completa en: http://www.corazones.org/santos/francisco_asis_cantico.htm#LOBO%20DE%20GUBBIO). Así, que en aquel lejano siglo XIII, ya un místico católico, sin tanta publicidad sospechosa, hacía ecología de la buena.Para no alargar mucho la reflexión, les dejó una joya literaria del Santo, que tiene un profundo valor teológico (se enmarca en la doctrina de la Creación) y ecológico:
EL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS
Altísimo y omnipotente buen Señor,
tuyas son las alabanzas,
la gloria y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, te convienen
y ningún hombre es digno de nombrarte.
Alabado seas, mi Señor,
en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.
Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.
Alabado seas, mi Señor,
por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.
Alabado seas, mi Señor,
por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.
Alabado seas, mi Señor,
por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.
Alabado seas, mi Señor,
por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran
en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará
en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.
Alaben y bendigan a mi Señor
Sigue la secuencia de esta serie:
