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martes, 2 de marzo de 2010

UN TRIBUTO A LAS MUJERES

Con ocasión, en este mes de marzo, de la conmemoración de los 100 años de la instauración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, reedito el pequeño ensayo "Flores, Modelos y Mujeres del Campo" (30-03-2009), que, a mi entender, no pierde vigencia.

Para leer el artículo: "Flores, Modelos y Mujeres del Campo", clickéa en el siguiente enlace:
http://jardineroencaracas.blogspot.com/2009/03/flores-modelos-y-mujeres-del-campo.html

Cualquier palabra, con que quisiera enaltecer a estas heroicas mujeres ya está expresado en el artículo al que los he remitido. Sin embargo, ellas, las mujeres del campo, sólo son una parte de incontables mujeres, de todas las edades, en todas las profesiones (incuida, la injustamente menos valorada de todas: La profesión de "ama de casa", que merece una mención especial, porque es la profesión que la mayoría de las mujeres comparte con su quehacer remunerado), en todos los ámbitos de la sociedad. La madre, la hermana, la esposa, la hija, la amiga, la compañera de clase, de trabajo o de ideales. La mujer de carne y hueso, de alma sutilmente sensible. La mujer, que el postmodernismo y sus cansadas ideologías, han querido despojar de su femineidad, de su gracia, de su gracilidad, para convertirla en un "hombrecillo" estresado, mecánico, absurdo.

Mujer, con sus menstruaciones y menopausias, sus arranques y calenteras, que, nosotros, los siempre "equilibrados" hombres consideramos excentricidades, tonterías, y, que son en realidad, la manifestación de un volcán, que posee en su corazón un universo de disímiles ideas, sentimientos, afectos, deseos, ideales, sensaciones, necesidades inalcanzables para nosotros, los hombres, las más de las veces, tan poco rítmicos, por no decir estáticos. Pero, no son sólo, arranques y calenteras. Son también sueños, genialidades, suspicacias, risas que desconciertan, pero que son tan típicamente femeninas.

Altar de la vida humana: Óvulos, estrógenos, progesteronas, endometrio, ciclo, trompas de falopio, vientre. Términos, fríamente biológicos, que jamás podrán escribir ni describir la grandeza del misterio de la vida, que inhiere en el núcleo de la mujer. Misterio espiritual, porque más allá del hecho meramente reproductivo, en conjunción con el varón, la mujer se convierte en el primer y más cálido hogar de cada nuevo hombre y mujer.

Mujer, jardín babilónico, huerta florida, cuajada de frutos. Mujer... camino a Belén, pequeña aldeana, en quien el Señor se fijó para darle al mundo al Hijo de Dios. Y el Eterno se hizo frágil, lactante, para variar, en una mujer. Mujer, sin ti los relojes se paralizan, la historia se desdibuja, Dios no tiene aliados.

A decir verdad, el universo insondable no está más allá de nuestro planeta, está en tu alma, en tu corazón, en tu mirada, en tus lágrimas y tus sonrisas. Y, ciertamente, no termino de entender ese universo, pero eso no me impide reconocer su belleza y su grandeza.

¡Dios te bendiga mujer!

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lunes, 30 de marzo de 2009

Flores, Modelos y Mujeres del Campo

Jean Francois Millet (1841-1875)
"Las Espigadoras"

H
abía ido al nuevo centro comercial a cumplir con el "ritual" de depositar en el banco el beneficio de un trabajo recién finalizado, y allí me encontré a una pequeña multitud de hombres y mujeres, que se arremolinaban justo frente a una de las librerías. Rápidamente concluí que había algún "famoso" firmando su última producción literaria. Para poder subir por la escalera mecánica necesariamente tenía que pasar frente al sitio donde estaba sentada, no el "famoso", sino la "famosa". En efecto, era una cotizada modelo y actriz, que -como había supuesto- firmaba, pero no precisamente libros, sino calendarios en los que aparecía fotografiada, dejando muy poco para la imaginación. De repente, aquella imagen me resultó chocante: La dama firmaba calendarios, que, en el caso de los admiradores (entiéndase hombres), rápidamente eran "ojeados". Así, que la modelo, sin proponérselo, después de trazar unas líneas, prácticamente se "desnudaba" delante de ellos. Pensé: "Hay que tener cara dura". Sin embargo sé, que desde una perspectiva llamada hoy día "profesional", todo ese asunto queda potabilizado y ya.

Lo que sucedía a su alrededor no era menos llamativo: Algunos hombres se "apostaban" en sitios "estratégicos" para no perderse ningún detalle de la diva, que, la verdad sea dicha, hasta donde se podía ver -puesto que estaba sentada delante de una mesita-, vestía modestamente. En el grupo de las mujeres, desde mi punto de vista, me pareció reconocer dos tendencias: Las admiradoras (a una le escuché decir: "Tiene tremendo cuerpo") y las que manifestaban desinterés parcial ("ah sí, es fulanita de tal", dijo una, sin parar su marcha) o, incluso, total desinterés (es decir, como que si no estuviera ocurriendo nada). Todo aquello, por momentos me resultó divertido. Pero, a medida que me alejaba de aquella escena, no pude evitar pensar en serio: "Aquello era como vivir de la propia imagen", me dije. "Bueno, acaso cuando quieres vender una planta, no la fotografías en su mejor ángulo", ripostó una vocecita. "Sí, pero no hay comparación entre una planta y una persona", contesté rápidamente. Ya había salido del centro comercial y, por la calle, el contrapunteo interior continuaba. De pronto, la imagen mental de una flor, la flor de un anthurium (una cala), para ser más exacto, me remitió a un tipo de mujeres, que posiblemente no puedan aplicar para los concursos de belleza tradicionales, pero que son excepcionales: Excepcionales por su fortaleza, por su piedad, por su capacidad de servir a quien más lo necesite, porque, en esos campos de Dios, con todas las limitaciones que los citadinos nisiquiera imaginamos, esas mujeres saben salir adelante: En muchos casos son autodidactas, dentro de la rudeza en la cual muchas de ellas se han levantado, han aprendido a ser sutiles, delicadas, respetuosas y sabias. No pocas tienen que lidiar con esposos de difícil temperamento, o dados a la bebida excesiva. Pero lo hacen sin ceder en dignidad. Y hay quienes son verdaderas matronas, escultoras de hombres, familias y pueblos.

Todavía recuerdo, hace unos años un suceso. Conducía por una vía troncal campesina y, por el camino de tierra, vi a una joven madre con un bebé en brazos. Estaba angustiada. Al niño, desde hacía dos días, no le cedía la fiebre. Y ella, caminando, salió de su caserío, en dirección a la principal. Y desde allí, si no lograba agarrar el único autobus que había entre los dos pueblos más importantes (ciertamente, a esa hora ya el colectivo hace rato que había pasado), caminaría. Lo cierto es que ya había caminado cerca de 7 ó 10 kilómetros, y para el hospital más cercano, si no lograba un aventón, tendría que caminar 20 kilómetros más. Le dijimos que subiera y la llevamos hasta el hospitalito de uno de los pueblos. El agradecimiento, por parte de ella, no se hizo esperar. Desamparo, soledad, sufrimiento, no dejan de acompañar a estas nobles mujeres.

Otra situación que me impactó muchísimo, fue la de una mujer que, con nueve meses de embarazo, fue devuelta a su casa por el personal médico, casi a las 9 de la noche, "porque todavía no le tocaba". Esta mujer, acompañada por su esposo, venía de un campo lejano. Un vecino generoso les había dado la cola. Ella aseguraba que desde temprano sentía los dolores de parto. Sin embargo, no hubo manera que la dejaran nisiquiera en observación.

Por eso, desde esta ciudad de flores que se asoman en altas torres y modelos que firman sobre su descubierta imagen, quise escribir estas líneas en homenaje a esas admirables mujeres que le dan vida a nuestros campos... Y a nuestras ciudades, porque los tomates o las guayabas que María Eloisa embala junto a su esposo Heriberto, finalmente alimentan a los citadinos.

¡Ah! Y qué tiene que ver la flor del anthurium (Bandera portuguesa, por cierto; que está fotografiada en este blog) con las mujeres del campo. Pues, muy simple. Ese hermoso ejemplar, me lo regaló una mujer campesina hace dos años. ¡Y no deja de florear cada vez mejor! Gracias a esas flores, no puedo olvidar a mis hermanos del campo. ¡Dios las cuide!

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